sábado, 4 de junio de 2011

Le gustaba seguir los caminos de piedras, saltando de una a otra y notando cómo su camiseta se movía con mayor fluidez sobre su cuerpo. Quería sentirse libre. A menudo lloraba en la ventana en los días de sol, y salía corriendo a la calle en los días de tormenta. A veces, cuándo llovia, parecía un cachorro; olfateaba el aire, la humedad, y dirigía sus ojos curiosos hacía cualquier lugar. Era de esa clase de personas que nada más verlas, sabes que son especiales. Tenía el corazón, más grande que su propio pecho y podía jurar haberlo visto alguna vez asomado en su garganta en algunas de sus incontables risotadas.

Una vez le seguí, pude contemplan su felicidad cuándo salataba sobre cada una de esas piedras, y también admirar lo bello de su cuerpo cada vez que sus ropas saltaban con el. Con el tiempo me di cuenta de que siempre había sabido que le observaba, desde el primer día. Hubo uno en particular en el que se contoneaba con una sensualidad envidiable, cómo nunca antes y no pude contenerme. Salí de mi escondite pero se limitó a mirarme con una sonrisa pícara y despacio se acercó a mi. Recuerdo el hambre de besos, las ganas de tocarle, sus ojos embebidos en los míos, aquella manera casi febril de hacernos el amor y, de repente, todo acabó. El se desplomó sobre mi riendo a carcajadas y dijo:
''La próxima vez, tú salatarás las piedras conmigo''.